Yo crecí en una calle de tierra batida, sin asfalto ni aceras. En ella inventábamos nuestras mejores historias: jugábamos al escondite, a la bandera, al quemado. Jugábamos al fútbol,corríamos en bicicleta, danzábamos y cantábamos. De dos árboles surgía una red de voleibol, donde jugábamos los niños de todo el barrio y alrededores, que esperaban su turno para entrar.
Poco a poco fui acompañando las transformaciones de esa calle, que era tan mía como de tantos otros. En aquel tiempo, la calle era un gran espacio donde se realizaba una parte importante de nuestro proceso de socialización. No existían limites fijados, la calle se extendía y expandía hasta las parcelas y jardines de las casas vecinas, adonde nos atrevíamos a saltar para disfrutar del delicioso sabor de las frutas frescas que robábamos de los árboles: mangos, acerolas, saputis, cajus, cajas,...
Utilizábamos la calle como extensión de nuestra propia casa, y la casa como continuación de la calle. No se identificaba cuando se entraba y cuando se salía de una a otra, donde comenzaba o donde terminaba. Era un ir y venir libre e ilimitado, donde nuestros pies descalzos sentían la tierra mojada, donde el aroma a verde traspasaba los jardines y llegaban a una dimensión más íntima, donde podíamos experimentar nuevas emociones: la solidaridad, la sexualidad, las distinciones sociales, los antagonismos. Cuantos y cuantos
encuentros, desencuentros, conflictos y accidentes ocurrieron allí. La calle siempre tenía algo de inesperado, de incierto, de novedoso.
Hoy, aquella calle de tierra se ha transformado en una negra y ardiente línea de asfalto, el barrio se desarrolló y las antiguas casas, con sus inmensos jardines pasaron a configurar esbeltos edificios en altura con sus propias pistas de voley internas, piscinas, salones de fiestas y otros servicios ultra-seguros para los niños y adultos propietarios de estas nuevas comunidades cerradas.
Los árboles fueros talados poco a poco, entre la calle y los jardines brotaron altos muros protegidos por vallas eléctricas, casetas de seguridad y cámaras de videovigilancia. Ya no se ven niños por la calle, ni bicicletas ni nada. Ya no sé quienes son mis nuevos vecinos, no los veo, no los escucho, no me relaciono con ellos. Con los años los pequeños perdimos el control de aquel espacio que había sido nuestro. Progresivamente los coches lo invadieron todo. El único sonido que se escucha ahora es el de los coches que entran y salen de sus garajes hiper-seguros.
Actualmente se vive una situación de apartheid, de miedo. Existe un sentimiento de desprotección, segregación, aislamiento y pérdida de escala, cuando vemos las escasas casas que han sobrevivido a un proceso de verticalización que ha colapsado el barrio de rascacielos que monopolizan y se imponen al paisaje. Los muros y aparatos de seguridad han dominado el uso público de la calle y configuran un espacio residual, un simulacro impersonal de flujos motorizados, un no-lugar donde quien reina es el miedo: un miedo a la muerte o al daño físico, un miedo al otro, un miedo a perder lo que se tiene.
En la actualidad, mi calle pertenece a dos ciudades diferentes: aquella de mi memoria, de mi infancia, de los pies descalzos, y esta otra que se esconde, que se defiende, que me expulsa, me oprime, me aparta. Que me infunde miedo.
En realidad sé que este discurso nostálgico no traerá mi calle de vuelta. Ya no nos podemos basar en un rescate del pasado. La discusión del espacio público tiene que fundamentarse en una reflexión acerca de las desigualdades y segregación urbana y social. Una reflexión no solo sobre la violencia urbana, sino también sobre la violencia urbanística de los empresarios y promotores, de los órganos públicos y de los especuladores acerca de como se están planeando y construyendo nuestras ciudades. La manera en la que estamos interviniendo en el espacio público renegando la ciudadanía y la integración social: los encuentros y desencuentros, los conflictos y consensos, el ir y venir. El sonido de los niños jugando, el aroma a verde, la fruta madura del árbol.
Aqui presento el resultado de mi trabajo fin de master que trata de explorar algunas de estas cuestiones en lo que se refiere a la construcción del espacio público frente al miedo en las ciudades contemporáneas.
Aprovecho para cuestionar las seguintes cuestiones:
-¿Son los espacios públicos realmente peligrosos y por eso tenemos miedo, o es porque tenemos miedo por lo que los espacios públicos se vuelven peligrosos? Miedo o Espacio Público ¿Cuál es la causa y cuál el efecto?
Y ¿Qué ha ocurrido y qué está ocurriendo para que ese espacio se esté convirtiendo en un espacio de terror y miedo? ¿Siempre ha sido así o se han agudizado los temores y peligros?
